La soledad de Madrid se siente realmente cuando caminas rodeado de gente. No hay nada más sugestivo que recorrer Madrid por su gran avenida, la Gran Vía y desembocar entre el tumulto de Preciados. Allí todo el mundo transita deprisa, sin percatarse cómo el mundo fluye a sus pies. Sólo es cuestión de fijarse. El desamparado inmigrante evita el hambre vendiendo el plástico que condensa el arte, y cuando hay que correr, corre huyendo de su pasado, sin interés por regresar a su tierra, todavía no. Otras de las personas que allí se aposentan también son inmigrantes pero de otra categoría, saben quienes son Tchaikovsky y Baremboim, y así lo interpretan con sus instrumentos clásicos, quizá exportados desde el frío norte de Europa. Puede que el negro que se viste folclóricamente haga una adaptación musical de sus referentes culturales, que al desconocerlos, no sé sabe si está haciendo el ridículo o está colmado de genialidad. Simplemente sorprende, que es su propósito para captar la atención de la marea.
Bajando Preciados también ves miles de estatuas, de las que recorren su camino a paso firme, mirando al frente, y otras pétreas: Un vaquero del lejano oeste, una cariátide asimilada, o el señor Nanarina. Este último está cubierto de arcilla y a veces le acompaña su señora vestida de época; son estatuas de barro. Cuando escuchan el chasquido de la moneda cobran vida y el niño rubio que desea comerse el mundo se asusta. “No te preocupes, Diego” –Le dice el padre – “Es el señor Nanarina”.
Sin embargo, para un antropólogo comprometido, lo más relevante es cómo Petrus, un lisiado de ambos brazos, mueve con su boca compulsivamente un bote del McDonals repleto de monedas que le sirven de reclamo; quiere enriquecerse sin más atributos que su apariencia. – Mientras traspaso mis reflexiones a mi ordenador, me doy cuenta que "El Word" no subraya con su rojo errado, que emplea normalmente para recordarme lo mal que escribo, la palabra McDonals, y eso que lo he escrito mal. Pienso, como buen antropólogo alternativo que McDonalds, ahora subrayado, pagó a Bill Gates para influir en su programa -. Petrus salió en la tele, pero nadie habla con él, no sabe decir palabras, únicamente se expresa con gestos, haciéndonos recordar la miseria que se genera en una gran ciudad.
Sin embargo este día de en medio es especial. Por fin me cruzo con la persona que estaba buscando. Mentiría alguien si dijera que la belleza que nos rodea no provoca el deseo de compartirla con alguien a quien amamos. Por eso en mis paseos por Madrid, siempre busco a alguien. Durante varios días esperaba cruzarme con Andrea, y por fin la encontré. Cuando la saludé mi rostro se enrojeció, seguro, y aunque la timidez sea bien valorada por el género femenino a mí me descoloca y me hace sentir aún más torpe.
Fuimos a una cafetería fugaz, ella se tomó un agua mineral y yo un café cortado, de pie, como si estuviéramos pidiéndole un favor al tiempo. Andrea me propuso que le ayudara. Quería hacer un taller de teatro con las mujeres gitanas que atiende en el barrio. Yo acepté. La decisión la tomé como se suelen tomar las decisiones, un poco por amor, otro poco por mi afán de aprendizaje; también por innovar y sobre todo, por disfrutar.
Bajando Preciados también ves miles de estatuas, de las que recorren su camino a paso firme, mirando al frente, y otras pétreas: Un vaquero del lejano oeste, una cariátide asimilada, o el señor Nanarina. Este último está cubierto de arcilla y a veces le acompaña su señora vestida de época; son estatuas de barro. Cuando escuchan el chasquido de la moneda cobran vida y el niño rubio que desea comerse el mundo se asusta. “No te preocupes, Diego” –Le dice el padre – “Es el señor Nanarina”.
Sin embargo, para un antropólogo comprometido, lo más relevante es cómo Petrus, un lisiado de ambos brazos, mueve con su boca compulsivamente un bote del McDonals repleto de monedas que le sirven de reclamo; quiere enriquecerse sin más atributos que su apariencia. – Mientras traspaso mis reflexiones a mi ordenador, me doy cuenta que "El Word" no subraya con su rojo errado, que emplea normalmente para recordarme lo mal que escribo, la palabra McDonals, y eso que lo he escrito mal. Pienso, como buen antropólogo alternativo que McDonalds, ahora subrayado, pagó a Bill Gates para influir en su programa -. Petrus salió en la tele, pero nadie habla con él, no sabe decir palabras, únicamente se expresa con gestos, haciéndonos recordar la miseria que se genera en una gran ciudad.
Sin embargo este día de en medio es especial. Por fin me cruzo con la persona que estaba buscando. Mentiría alguien si dijera que la belleza que nos rodea no provoca el deseo de compartirla con alguien a quien amamos. Por eso en mis paseos por Madrid, siempre busco a alguien. Durante varios días esperaba cruzarme con Andrea, y por fin la encontré. Cuando la saludé mi rostro se enrojeció, seguro, y aunque la timidez sea bien valorada por el género femenino a mí me descoloca y me hace sentir aún más torpe.
Fuimos a una cafetería fugaz, ella se tomó un agua mineral y yo un café cortado, de pie, como si estuviéramos pidiéndole un favor al tiempo. Andrea me propuso que le ayudara. Quería hacer un taller de teatro con las mujeres gitanas que atiende en el barrio. Yo acepté. La decisión la tomé como se suelen tomar las decisiones, un poco por amor, otro poco por mi afán de aprendizaje; también por innovar y sobre todo, por disfrutar.
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