He preferido no lanzarme al vacío sin más, por eso le pedí a Luís Primo reunirme con él varias veces. Sé que otros compañeros lo primero que hacen es ir a una casa, pero yo no me siento preparado.
En mi cuaderno de tapas azules llevaba escritas cientos de preguntas. Puede que exagere y las preguntas no llegaran a la centena, pero las hojas que hay dentro ya saben que en poco tiempo habrá un cuaderno más, y otro. A Luís está situación le sorprendió y le expliqué que yo soy antropólogo, lo que supone que mi herramienta básica de trabajo es el cuaderno de campo. Debe de ser por este motivo por el que Luís siempre me recomienda que hubiera sido mejor que me hubiera dedicado a otra cosa, donde seguro que es necesario el grado de compromiso que dice que yo tengo. Entonces yo le pregunto si en este trabajo la gente no escribe sus inquietudes. Y se ríe.
Luís Primo, dependiendo del día, es más o menos sofisticado en su vestimenta. Dice que aquí todo vale, desde la camisa mejor planchada hasta la arruga más rebelde, y él no quiere desvincularse de ningún estilo. En las cuatro reuniones previas que tuve con él antes de ir a una casa, alternó su estilo. Sin embargo, yo me mantenía constante: vaqueros, camiseta por fuera y botas de andar por el campo que también sirven para la ciudad, todo terreno.
Antes de comenzar cada una de las reuniones en las que nos vimos, Luís sentenciaba: Nunca te dejes llevar por las palabras que son como la “falsa monea” – A veces Luís sacaba una vena folclórica que no aparentaba – lo mejor es que pongas etiquetas. Imagínate que tienes una maquinita de esas que había antes en las que podías grabar las palabras encima de una tira de plástico duro. Pues cuando alguien te venga diciendo bla bla bla, tu coges marcas la palabra que le define, se la pones, figuradamente, en la frente, y le dejas de escuchar que seguro que cuenta demasiadas tonterías. Yo sí escuché atentamente a Luís y aunque su discurso era distinto a lo que a mi me habían explicado, supuse que me podría servir para realizar adecuadamente mi trabajo. Después le preguntaba una tras otra todas las cuestiones a las que me daba tiempo.
Cuando supuse que podía controlar todo, o, por lo menos, las cuestiones más básicas de mi trabajo, le propuse a Luís que nos acercáramos a una casa. Ese día nos acompañó Andrea y nos vimos en la parada de metro más cercano, íbamos a ver a Florencia.
Florencia vive en un barrio reconvertido, nuevo, distinto. Los bloques de casas se agrupan entorno a patios interiores a los que puede acceder cualquier persona. Se nota que la vida allí fluye de noche. Por las mañanas no se ve a ninguna persona. Hay muchos papeles tirados por el suelo, alguna botella vacía y bicis de niño esparcidas por todos los lugares, sin cadenas donde amarrarse. El silencio se ausenta entre el revoloteo de los pájaros y el ruido que emana de un chorro de agua que surge de una boca de riego.
Es Luís el que llama al telefonillo pero no contesta nadie. Insiste y finalmente aparece la voz de Florencia, que se sorprende de las horas que son. Arriba, en el descansillo de la casa, nos espera Florencia que nos invita a pasar. Luís nos presenta, a Andrea ya la conoce de otras veces, y se acerca para darla un beso. Aunque a mi me conoce, únicamente mueve la cabeza hacia arriba para darse por enterada de que yo estoy allí.
Luís pregunta por los niños y por el colegio. Florencia responde que se han dormido. Entonces yo saco mi cuaderno de pastas azules para apuntar lo que está sucediendo y antes de que pueda escribir la fecha del día en el que estamos, veo como Florencia intenta levantar a uno de sus hijos, al mayor. Ante la negativa de éste, cuando se levanta obligado, Florencia le zarandea con la mano izquierda mientras extiende la derecha para darle una bofetada en el rostro. El niño se revuelve, la madre se protege aumentando su fortaleza con otras bofetadas. Andrea quiere intervenir, Luís la frena, a mi se me cae el cuaderno. En casa de Florencia comienza un nuevo día.
En mi cuaderno de tapas azules llevaba escritas cientos de preguntas. Puede que exagere y las preguntas no llegaran a la centena, pero las hojas que hay dentro ya saben que en poco tiempo habrá un cuaderno más, y otro. A Luís está situación le sorprendió y le expliqué que yo soy antropólogo, lo que supone que mi herramienta básica de trabajo es el cuaderno de campo. Debe de ser por este motivo por el que Luís siempre me recomienda que hubiera sido mejor que me hubiera dedicado a otra cosa, donde seguro que es necesario el grado de compromiso que dice que yo tengo. Entonces yo le pregunto si en este trabajo la gente no escribe sus inquietudes. Y se ríe.
Luís Primo, dependiendo del día, es más o menos sofisticado en su vestimenta. Dice que aquí todo vale, desde la camisa mejor planchada hasta la arruga más rebelde, y él no quiere desvincularse de ningún estilo. En las cuatro reuniones previas que tuve con él antes de ir a una casa, alternó su estilo. Sin embargo, yo me mantenía constante: vaqueros, camiseta por fuera y botas de andar por el campo que también sirven para la ciudad, todo terreno.
Antes de comenzar cada una de las reuniones en las que nos vimos, Luís sentenciaba: Nunca te dejes llevar por las palabras que son como la “falsa monea” – A veces Luís sacaba una vena folclórica que no aparentaba – lo mejor es que pongas etiquetas. Imagínate que tienes una maquinita de esas que había antes en las que podías grabar las palabras encima de una tira de plástico duro. Pues cuando alguien te venga diciendo bla bla bla, tu coges marcas la palabra que le define, se la pones, figuradamente, en la frente, y le dejas de escuchar que seguro que cuenta demasiadas tonterías. Yo sí escuché atentamente a Luís y aunque su discurso era distinto a lo que a mi me habían explicado, supuse que me podría servir para realizar adecuadamente mi trabajo. Después le preguntaba una tras otra todas las cuestiones a las que me daba tiempo.
Cuando supuse que podía controlar todo, o, por lo menos, las cuestiones más básicas de mi trabajo, le propuse a Luís que nos acercáramos a una casa. Ese día nos acompañó Andrea y nos vimos en la parada de metro más cercano, íbamos a ver a Florencia.
Florencia vive en un barrio reconvertido, nuevo, distinto. Los bloques de casas se agrupan entorno a patios interiores a los que puede acceder cualquier persona. Se nota que la vida allí fluye de noche. Por las mañanas no se ve a ninguna persona. Hay muchos papeles tirados por el suelo, alguna botella vacía y bicis de niño esparcidas por todos los lugares, sin cadenas donde amarrarse. El silencio se ausenta entre el revoloteo de los pájaros y el ruido que emana de un chorro de agua que surge de una boca de riego.
Es Luís el que llama al telefonillo pero no contesta nadie. Insiste y finalmente aparece la voz de Florencia, que se sorprende de las horas que son. Arriba, en el descansillo de la casa, nos espera Florencia que nos invita a pasar. Luís nos presenta, a Andrea ya la conoce de otras veces, y se acerca para darla un beso. Aunque a mi me conoce, únicamente mueve la cabeza hacia arriba para darse por enterada de que yo estoy allí.
Luís pregunta por los niños y por el colegio. Florencia responde que se han dormido. Entonces yo saco mi cuaderno de pastas azules para apuntar lo que está sucediendo y antes de que pueda escribir la fecha del día en el que estamos, veo como Florencia intenta levantar a uno de sus hijos, al mayor. Ante la negativa de éste, cuando se levanta obligado, Florencia le zarandea con la mano izquierda mientras extiende la derecha para darle una bofetada en el rostro. El niño se revuelve, la madre se protege aumentando su fortaleza con otras bofetadas. Andrea quiere intervenir, Luís la frena, a mi se me cae el cuaderno. En casa de Florencia comienza un nuevo día.
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