A todos los que han estado cerca de mí, que han sido muchos.Libertad, libre sabía acerca del fútbol lo que el orden establece. Le daba igual, pero, sin quererlo, fue recopilando información, de aquí y de allá. Supo entonces qué era el corner, el césped y el chut, y también tenía una vaga idea de los lugares donde se practica fútbol. ¿La calle de la Innovación? Espere que piense. ¿Conoce el estadio del equipo a rayas? ¿Sí? Pues cuando lo pase, coja la primera a la izquierda, tuerza después a mano derecha… Sí, claro por la avenida del Pensamiento… Y cuando esté en la rotonda,…
Pero sus conocimientos no incluían a Fusil Andréu. ¿Quién es Fúsil Andréu? ¿Qué me está preguntando usted? ¿Acaso es una calle? Pues no sé cómo se llega hasta ella. Quizá si sigue por esa rotonda, alguien le podrá ayudar. Seguro que ese lugar está cerca del estadio.
Los que sí conocían a Fusil eran Manolo y Francisco, y los que se sentaban detrás de ellos en el anfiteatro, y un poco más atrás, y un poco más; hasta concluir la grada. Los de enfrente, en su totalidad, le conocían, y los de los laterales, también. Fusil era el ídolo del equipo a rayas y aunque ahora deambulaba más por el banquillo que por el campo seguía siendo la referencia para los aficionados. Fueron famosos sus goles, aplaudidos y ovacionados; sus regates torcidos hacia el centro, por la derecha o por la izquierda. Y sus fallos, también sus fallos, aunque la afición los tenía menos en cuenta porque Fusil les había llegado al corazón.
Sin embargo durante la nueva temporada todo estaba siendo diferente. Fusil jugó uno, dos, quizá tres partidos y desapareció. Había perdido la chispa, la llama y ya no daba lumbre. En su lugar jugaba Triguero Brando un espigado goleador que rompía las mallas de las porterías por la fuerza con la que pegaba a la pelota, cuando la metía. En el resto de las ocasiones salían chispas de las vallas publicitarias electrónicas. La afición tenía muy en cuenta sus goles, pero no le gustaba que Triguero no besara el escudo del equipo a rayas, cuestión que hacía enérgicamente Fusil siempre que tenía oportunidad.
Los días previos al decimocuarto partido del campeonato, la directiva había anunciado la salida forzosa de Fusil. Aunque lo podía haber comunicado antes, prefirieron retrasarlo hasta la jornada en la que los partidos se jugaron a diario. Pensaban que ese día iría menos público al estadio. Organizaron una reunión con los periodistas, a los que colocaron estratégicamente en un semicírculo delante de ellos; en formación de rueda de prensa. Dijeron que Fusil ya no rendía como antes, y que, por su bien, y por el del club, lo más conveniente era que se fuera. Por supuesto que en su discurso emplearon todas las palabras bonitas que conocían, pero la afición, expectante en sus asientos de hormigón, o apoltronados en sus cómodos sofás delante de una televisión, preferentemente de plasma, sabía que la directiva no había dicho el término correcto: Dinero, mucho dinero.
Aunque Fusil no quería irse del equipo de sus amores, unos jeques árabes sentados a lomos de unos preciosos corceles blancos, repletos de dinero, llegaron hasta allí para que Fusil se fuera con ellos. Y Fusil se quejaba, alejado, eso sí, de las agrupaciones periodísticas en forma de rueda de prensa; sus palabras ya no estaban de moda. Aunque en la intimidad, junto a algún micrófono, decía Es que yo me quiero quedar. Y al instante sus palabras se esparcían como el polen, afectando a alérgicos y a sanos. La información se trasladaba a través de las ondas, los hercios e Internet, con mayor celeridad que cualquier viento.
Este fue el motivo por el que Manolo y Francisco en esas mismas fechas, en los días previos al decimocuarto partido del campeonato, en el Bar Abreviado, en la esquina de enfrente del estadio del equipo a rayas, aprovecharon su encuentro semanal para hablar alargados y erguidos sobre Fusil.
- Qué tal Manolo, ¿Se ha solucionado por fin lo de tu compañera? –Preguntaba Francisco interesado por el trabajo de su amigo –
- No, pero mañana voy a sacar mi poder de representante de los trabajadores para poner las tildes sobre todas las letras. Se va a enterar la empresa quién soy yo.
- Ya me contarás. ¿Quieres tomar algo?
- Una cerveza
- Que sean dos – Dijo Francisco mirando al camarero –
Con la espuma de la cerveza en los labios, relamiéndola en el caso de Francisco, Manolo fue al grano.
- Es una vergüenza lo que le sucede a Fusil. Todavía no entiendo cómo le quieren largar. Ha estado aquí… ¿Cuánto tiempo ha estado en el club?
- Cinco años
- Cinco años. Cinco años. Cinco años
- Sí, cinco años
- Durante cinco años ha sudado la camiseta, se ha desvivido por nuestros colores, ha sido la referencia del club. Y de repente llega el Triguero ese de los cojones y al banquillo. Aún así, Fusil sigue interesado en apoyar al club, que yo lo sé, y decide quedarse. No le importa estar calentando la banda si así favorece al club. Además, en algún entrenamiento le he visto dando consejos a Triguero.
- Una injusticia
- Ahora aparecen los jeques esos, y la directiva ya no quiere saber nada de Fusil. Solo les importa el dinero.
- Una injusticia
- Encima, la directiva se piensa que somos unas marionetas, y hace pública la decisión en un partido que se juega a diario. Qué injusticia
- Una injusticia sí.
- Pues no.
- Entonces, dos injusticias
- Que no
- ¿Tres?
- No me entiendes. No dicen que nosotros somos la masa social del club. Algo tendremos que hacer como masa, aunque seamos dos.
- ¿Luchar contra la injusticia?
- Pues eso
Durante la conversación, Francisco, más práctico, había saboreado la cerveza y había pedido una segunda ronda. Manolo más vehemente, no había comenzado a beber la primera, y ante la acumulación de vasos dio un largo trago a la primera de las cervezas que le supo amarga.
- ¿Octavillas? – Más fresco y resuelto, Francisco proponía –
- No
- ¿Un comunicado en un medio de comunicación?
- No
- ¿Tirarnos al césped?
- No
- ¿Hacer una huelga?
- No
- ¿No?
- No
- Pero si tú eres un experto en movilizar a los trabajadores
- Ya, pero no
- ¿Entonces?
- No lo sé. Me voy a ir al baño, tengo la tripa suelta – Manolo se sujetó el estómago, parecía que se le iba a desprender del tronco –
A pesar de que el Bar Abreviado, largo y estirado como una barra americana, era lineal, su baño se expandía, asemejándose, sin duda, a una plaza de toros. A un lado la pila y en el extremo opuesto, para evitar la interferencia de olores, una placa turca. Manolo sabía que no había retrete, pero aceptaba la ausencia de una logística más moderna por la amistad que le unía al propietario. Además, el fondo es lo realmente importante y no las formas, pensó. En el acto de renovación de su estómago, a Manolo se le ocurrió lo que podían hacer por Fusil.
- ¿Ya? – Dijo Francisco que iba por su tercera cerveza –
- Sí, claro. Ya.
- ¿Y qué?
- Haremos una pancarta
- Ya
- En la actualidad lo más importante no es lo que sucede dentro del estadio sino la repercusión que tiene.
- Ya
- Haremos una pancarta donde se pueda leer que nos oponemos a la venta de Fusil.
- Ya.
- Las cámaras se fijaran en la pancarta y la verá todo el mundo
- Ya
- Por eso será de colores
- Ya
- Y grande
- Ya
- A rayas, como nuestro equipo
- Ya
- ¿Qué te parece?
- Ya… - Comenzó a esbozar Francisco, cuando Manolo cortó su discurso –
- ¿La puedes hacer tú? –Preguntó Manolo - Mañana tengo la reunión sobre el asunto ese de mi compañera.
- … Una injusticia – Concluyó Francisco la frase que quería decir -.
Esa noche, cuando Francisco regresó a su casa, se encerró en el salón para realizar la tarea artística acordada. Aprovechó la ausencia de su familia que dormía plácidamente para apropiarse de una tela en la que se pudiera escribir. Sin saber dónde ni por qué, hurgó entre los cajones, hasta que encontró una sábana impoluta que estaba planchada hasta el extremo. Al extenderla, las marcas del doblez todavía permanecían, y no era para menos, pues era una reliquia guardada desde que a Francisco y a su mujer les llegó el momento de unirse en matrimonio y, preservar, sin saberlo, las posesiones más preciadas de sus antepasados. Al instante, Francisco, ensuciaba, con colores vivos y aleatorios los recuerdos apolillados de su pasado. Concluyó rellenando la letra S con color fucsia, a rayas, como las de su equipo. En la sábana, a medio estirar, parcelada por los cuadrados de su recogimiento, se podía leer: Fusil no se vende. Quédate con nosotros.
Mientras, en su casa, Manolo, con la espontaneidad que otorga la cerveza, preparaba el escrito que tenía que presentar al día siguiente en su trabajo. Como representante de los trabajadores, representando a una de las asociaciones de trabajadores más populares entre los mismos trabajadores, debía oponerse a una decisión de su empresa que afectaba a una compañera. La habían relegado de sus funciones. A diferencia de los esfuerzos que ha de realizar un trabajador para alcanzar un puesto de relevancia, el órgano de dirección de cualquier empresa puede empujarte ligeramente, despacio, para que caigas al vacío. A veces, los gondoleros que limpian con ahínco los amplios ventanales de este tipo de edificios, escuchan a mujeres y hombres engalanados como, desde las alturas, dicen Menuda hostia se va a dar este gilipollas. Y, después, de lejos, oyen el ruido, una sutil onomatopeya repetida, Choff Choff.
Libertad, libre, no había dormido la noche anterior, ni la anterior, ni muchas noches, tiempo en el que llegó a la conclusión que tenía insomnio. Durante esas noches buscaba una explicación a lo que le estaba sucediendo en su trabajo. Sin mediar explicación, la dirección de la empresa había decidido cambiarla de puesto, de ingeniera agrónoma a recepcionista, sin más, porque sí, o porque no, en un pispas. Pero, esa noche, en concreto, sí tenía una explicación, tintada de la suficiente esperanza como para poder descansar. Al día siguiente, Manolo, experto representante de los trabajadores, la defendería de lo que le estaba sucediendo. Por eso entre las ojeras de Libertad, libre, el cansancio tenía otro color, más similar al tono de piel del resto de su cuerpo.
Al día siguiente, Manolo, bravo y decidido, llegó a la oficina centrado en la defensa que debía hacer de los derechos de su compañera. ¿Qué es eso de cambiarla de puesto? Pero, ¿No es ingeniera? Esto no se puede hacer, es un atropello. Manolo gritaba mentalmente y eso le reforzaba. Cuando entró al despacho, vio que ya estaba Libertad, libre, humillada, ante quien había decidido prescindir de ella, porque, independientemente de los motivos que pudiera argumentar, lo que los empresarios querían era despedirla, y como pagarla resultaba demasiado costoso, intentaban forzar su salida, voluntaria, airosa, y que no influyera en los desorbitados beneficios que debía obtener la empresa. En el mismo golpe de vista, Manolo también observó que estaba sentado un director de departamento, altivo, propietario sin serlo, pero concienciado con la empresa, como si estuviera defendiendo algo suyo. A este director, como tantos otros que se creen que son imprescindibles en su trabajo, y defienden a quienes les pagan como si les fuera la vida en ello, de vez en cuando también los gondoleros les han visto precipitarse al vacío, porque, en el fondo, ellos son eslabones de una cadena que si no funciona, también se convierten en piezas prescindibles. El batacazo final es el mismo que el que sufren los trabajadores sin rango, pero cuando llegan al suelo siempre se encuentran allí abajo con alguien que les reconoce y se encarga de pisar, discretamente, su cuerpo, o su rostro, o lo que pillen. Más dura será la caída, piensan los gondoleros cuando observan a los directores reunidos, riendo, disfrutando con su posición y disposición en la empresa.
- Coño, Manolito – Se sorprendió el director al verle –
¿Manolito?, pensó Libertad, libre. A partir de ese momento decidió que poco podía aportar ella en esa reunión.
- ¿Tú, Manolito, vas a defender a esta pobrecilla? Pero, ¿Por qué? Ya sabes como andamos, siempre con perdidas. Hay que sanear por donde se pueda, sin miramientos. Todos queremos seguir en el barco sin que se hunda. De todas formas, me dejo de discursos, perdona, ¿qué me vas a proponer, Manolito? Vamos a hacer las cosas como deberían de hacerse.
- Ella es una trabajadora de la empresa, que tiene sus derechos, su titulación, y que ha desarrollado unas funciones en esta empresa hasta hace poco tiempo. No tiene porque realizar otras tareas que no sean las que realizaba antes.
Si la empresa no quiere contar con ella, debería de despedirla como le corresponde y no forzar para que ella abandone voluntariamente. He preparado un escrito. Toma. Aquí se indica cuál es la indemnización que tiene que recibir la trabajadora.
- Sí, sí – Dijo sonriente el director – Manolito, no digas tonterías. ¿Recuerdas cuando nos follamos a esa recién parida que quería reducir su jornada? O ese tipejo que reclamó una mejora en las dietas. Manolito, que tú fuiste quien les representó. ¿Y cómo te convencimos para que dejaras de dar la murga? No recuerdas el sobre que te dimos, Manolito, que poca memoria tienes.
Al final se fueron porque aquí no tenían su sitio, estaban molestando, intoxicaban al resto. Se dedicaban a elucubrar sobre sus beneficios personales sin pensar en la generalidad de la empresa. Manolito, ¿No has escarmentado?, ¿vas a ser tú quien obstaculice la buena marcha de la empresa? Toma tú esto.
El director del departamento mostró un sobre blanco, que acercó hacia el espacio de influencia de Manolo. Sin embargo las miradas continuaban donde habían estado hasta entonces. El director se fijaba en la reacción de Manolo que desviaba su mirada hacia el suelo. Libertad, libre, había cancelado su mirada a pesar de que mantenía los párpados subidos.
- Manuel, deja ya de perder el tiempo con estos juegos. – Dijo el director de departamento, poniéndose más serio – Si quieres seguir siendo feliz ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Quieres divertirte? ¿No te gustaba el fútbol? Hoy creo que juega el equipo a rayas, puede ser el último partido de Fusil Andréu. Vete a verlo, y desconectas del trabajo.
No ves que aquí estáis solos ¿Quién va a ayudar a esta pobre ingeniera venida a menos? ¿Alguno de tus compañeros que tiene que pagar solidariamente su hipoteca? En qué mundo vives, parece mentira. No hay testigos, nadie dirá nada contra la empresa.
- No tolero… –Quiso argumentar Manolo –
- ¿El qué no toleras? Gilipollas. La reunión ha finalizado. Usted tiene que añadir algo – Dijo el director mirando a Libertad, libre. -
Libertad, libre, continuaba despistada, y fue Manolo quien la agarró del brazo. Antes, Manolo recogió el sobre blanco que le había dejado el director de departamento. Juntos salieron del despacho. Después, aunque Manolo no se daba cuenta, Libertad, libre, seguía sin comprender nada. Manolo se disculpaba y le prometía que seguiría luchando por ella. De todas las justificaciones y explicaciones expresadas por su compañero, Libertad, libre, sólo entendió una, Necesitas un testigo que demuestre que te ha cambiado de puesto, pero que no sea un familiar, no valdría.
Ese mismo día, cuando se recuperó, Libertad, libre, preguntó entre sus compañeros. En sus respuestas descubrió la capacidad de las personas para argumentar y explayarse con mil y una palabras, y todo para concluir en un rotundo y frío No. Después no quiso preguntar más a Manolo, que para ella ya era Manolito. Libertad, libre, había decidido que esta era su última semana en este trabajo.
Coincidiendo con la despedida del sol, en el frío hormigón del estadio que se iba calentando a medida que aparecían los espectadores, Manolo y Francisco estaban sentados en los mismos lugares que habían ocupado durante siglos, o, así lo parecía, ya que podían jactarse de haber estado en aquel lugar mientras el milenio se trasformaba. Habían llegado un poco antes de lo habitual para colocar la pancarta, que colgaron de la barandilla de seguridad que separaba los anfiteatros del estadio.
- ¿Has conseguido solucionar los problemas de tu compañera? – Volvió a preguntar Francisco sobre el trabajo de Manolo, como era habitual –
- Por supuesto. Ya he dejado las cosas en su sitio – Contestó Manolo sin ruborizarse, ni mostrar ninguna duda – Todas las letras están perfectamente acentuadas.
Intentando cambiar de tema, Manolo miraba la pancarta, y como si la hubiera pintado él, se mostró orgulloso del resultado.
- Bien bonita que es –Dijo Manolo –
- Pues sí –Respondió convencido Francisco, el pintor –
- Esperemos que la vea quien la tiene que ver
- Pues sí
- Y el público reaccione
- Pues sí
- Y aplauda
- Pues sí
- Y Fusil pregunte por el autor de… – Manolo se paralizó ante el viento que soplaba en ese momento –
- La pancarta – Zanjó Francisco que contemplaba como la pancarta se desprendía de la barandilla –
- Sí, la pancarta – Repitió Manolo solemne -
Era tal la fuerza del viento, que las cuerdas que habían colocado Manolo y Francisco se desataron inmediatamente. El viento se había convertido en un torbellino, que se movía con tal rapidez que superaba en velocidad a las ondas, hercios o internet que propagan palabras. Súbitamente se movían estas que Francisco había pintado en la pancarta: Fusil no se vende. Quédate con nosotros. Entre un golpe de viento por allí y otro del otro lado, se coló el aire entre las parcelas en las que se dividía la pancarta. La sábana se había trasformado en un avión, con la sencillez con la que se convierte el papel en un juego de niños.
El avión dio una vuelta completa al estadio dejando una involuntaria estela a su paso. Los espectadores esperando el espectáculo del fútbol convirtieron al avión en un hidroplano. Según pasaba la sábana coloreada, el público, armoniosamente, se levantaba alzando las manos, y, rápidamente, volvía a sentarse. Estaban haciendo la ola. Manolo y Francisco, sin embargo, ausentes como estaban, ni se movieron, y se empaparon.
Después el hidroplano fue descendiendo en círculos, pausadamente, hasta que se posó en el suelo. Se paró cerca de un sumidero por el que estaba corriendo el agua que habían empleado para regar el césped antes del partido. Entonces la estructura se desmoronó y aquel objeto volador volvió de nuevo a ser una sábana ancestral y coloreada.
Manolo y Francisco nunca habían faltado a un partido en no se sabe cuanto tiempo, y allí se quedaron a pesar de la desazón. No expresaron su alegría con cada uno de los tres goles que marcó Triguero Brando, con besos al escudo incluidos. Ni siquiera, en el descanso, se comieron los espléndidos bocatas que tenían preparados. Era tal su pasividad que algún espectador les confundió con aficionados del equipo contrario. Mientras Francisco contemplaba como se diluían los colores de la sábana, que se estaba colando poco a poco por el sumidero, escuchó un ruido. Giró su cabeza hacia su amigo y observó como un sándwich de ensaladilla rusa se esparcía por la parte de atrás de la camisa de Manolo. El origen estaba en su cabeza, y una sustancia amarillenta apelmazada cubría su pelo. Francisco no se atrevió a preguntarle a Manolo si necesitaba una servilleta. Hasta que terminó el partido, ambos no mediaron palabra, ni se preguntaron por qué el entrenador no había sacado a Fusil en el último partido con la camiseta del equipo a rayas. Una vez que abandonaron el estadio, Manolo manchado todavía por el sándwich, y desprendiendo un desagradable olor a verduras mezcladas en la salsa de la mayonesa, dijo:
- Habrá que ir pensando en apoyar a este chico. Triguero Brando va a ser bueno, nos hará olvidar a Fusil.
- Ya – Ratificó Francisco –
Esa noche, Libertad, libre, empapó sus sábanas, recién compradas, de lágrimas. Su necesidad de llorar le impidió pensar con claridad y por eso no pudo llamar a ningún amigo para pedirle que la ayudara a certificar los cambios que estaba viviendo en su empresa.
Al día siguiente Libertad, libre, sin ningún interés acudió formalmente a su puesto de trabajo. Antes de entrar en el edificio se fijó en un apuesto hombre que estaba esperando fuera. Como en aquella zona no había ningún otro servicio del que disfrutar, o en el que trabajar, Libertad, libre, supuso que según entrara aquel hombre la seguiría para preguntarle algo. Ella era la recepcionista. En un primer momento, su alto nivel de responsabilidad hizo que reflexionara sobre si sabría o no contestar a sus peticiones, pues no conocía los trucos que emplean los profesionales de su nuevo gremio. Sin embargo, la impulsividad que siempre iba escondiendo, sobresalió. A cada paso que daba hasta su asiento, se entusiasmaba con la posibilidad de pedirle un favor a aquel hombre, independientemente de lo que él pidiera. Le propondría ser el testigo que ella necesitaba. Le daba igual que le dijera que no, ya estaba todo perdido.
Libertad, libre, se quitó su chaqueta que colocó en el guardarropa, y se puso el uniforme de recepcionista. Consistía en una chaqueta verde que tenía cosido el logotipo de la empresa, sin más. Únicamente le exigían que llevara una falda negra para mantener la uniformidad con el resto de compañeras. Cuando se dio la vuelta, vio delante de ella a aquel hombre.
- Perdone señorita, no pretendía molestar, pero es que llevo prisa. Hoy mismo me marcho de Madrid y quería que me hicieran un favor. Mire, hace años ustedes se encargaron del diseño del jardín de mi chalé. Me encanto, es fabuloso, entendieron perfectamente mis necesidades. Quería integrar el clima de mi Uruguay natal con las peculiaridades del eterno ciclo invierno-verano madrileño. Todo un acierto.
Como le he dicho me marcho y voy a un desierto. Se lo juro, a un desierto. Sospecho que allí no habrá especialistas como ustedes y me gustaría que repitieran de nuevo lo que hicieron aquí. ¿Es posible? Si quiere le puedo decir mis datos para que compruebe que es cierto lo que le digo.
- José Andréu López. Avenida del Pensamiento, sin número, cerca del estadio del equipo a rayas. – Dijo Libertad, libre -
- ¿Le gusta el futbol, no? ¿Sabe quien soy?
- No. Sólo sé que se le pega a una pelota y el objetivo es meterla en una portería, en la del rival, por supuesto. Yo le diseñé el jardín, nunca olvido mis trabajos
- Usted, y que hace aquí…
Entonces Libertad, libre, no dudo en contarle a José, Fusil, Andréu todo lo que le había sucedido. De no haber necesitado su ayuda, se habría ahorrado el discurso. Para qué aburrir a aquel hombre que tenía tanta prisa. Sin embargo, Fusil escuchó atentamente, no sólo estaba interesado en los asuntos del balón, también le preocupaban muchas más cuestiones, pues no sólo de fútbol vive el hombre.
- Sí, claro, accedo. Aunque me cueste el billete, seré tu testigo. Será una excusa perfecta para regresar a Madrid. Ah, y otra cosa, no podrías hacerme el favor de diseñar tú el jardín. Te lo podría pagar como si fueras un profesional liberal.
No pasó mucho tiempo, cuando Libertad, libre, siguió con su mirada los pasos que daba Fusil hasta que salió del edificio. A partir de ese momento se mezcló la realidad con la ficción, y es imposible descifrar lo que ocurrió a partir de entonces. A pesar de todo, a quien cuenta que Manolo y Francisco siguen escondidos en las gradas del equipo a rayas, pero es difícil reconocerles pues son demasiados los espectadores que pasan por allí. Por su parte, Fúsil dejó de jugar, práctica que continuó haciendo Triguero, con sus besos y todo, y la Rata Sánchez, y Malauva Rodríguez, y Juan El largo,… Da igual quién, el caso es que todavía meten goles en la portería del rival. Por último, Libertad, libre, sigue existiendo, es clara y nítida, y aunque pudiera haber perdido el juicio, ganó la razón, y la esperanza; y de sus manos y sus pies se desprendieron los grilletes de la infamia laboral que tantos otros soportan a diario, a pesar de que la esclavitud fue un tiempo pasado, diferente a éste en el que el liberalismo se confunde con la Libertad, siempre libre.